Mundo de metal

Cuando abrí los ojos sabía que algo estaba mal desde que sentí la cama y la almohada dura como la piedra y el techo era como de un material parecido al metal. El día anterior había padecido de un dolor insoportable de cabeza, una migraña que me había mantenido en vela la mayor parte de la noche, incluso había creído que algo malo le pasaba a mi cerebro como un tumor o una muerte cerebral, pero el doctor me había dicho que todo estaba bien, que era debido al estrés que había padecido en las últimas semanas y que debía descansar. Me recetó unos analgésicos que me aliviaron un poco el dolor pero que me mantenía incapacitado.

Me puse de pie para sentir el frío suelo de acero. Las sábanas eran de fino metal dorado, y los muebles presentaban un estado de herrumbre avanzado. Sin duda alguna esa era mi habitación, los posters de videojuegos y autos último modelo estaban en su lugar, pero hechos de placas metálicas. Mi ropa igual estaba hecha como de mercurio, brillantes y moldeable; los zapatos parecían ladrillos de metal, incómodos y fríos y hasta el sol que se filtraba por la ventana tenía un aspecto brillante como si de oro molido se tratase.

Salí de mi habitación para avisarle a mi madre lo que estaba pasando, lo que mis ojos estaban viendo. Mientras caminaba hacia su cuarto observé los detalles de los libros esculpidos en plata, las flores que tenía mi mamá en un jarrón parecían hechas de acero de presfuerzo y el agua era similar al metal fundido pero sin presentar la temperatura ardiente ni el color que los caracteriza.

Toqué su puerta para escuchar un sonido como el de una moneda golpeando el acero, mi mano también era metálica y no me había percatado de ello. Me miré horrorizado los pies, las manos y toqué la piel de mi cara, fría y dura. Cuando mi mamá abrió la puerta solté un grito de terror, ella era de metal, completamente gris y fría. Me miró con incredulidad mientras me preguntaba lo que me pasaba, le conté lo que me pasaba y no me creía mientras se tocaba la piel argumentando que  seguía siendo de carne y hueso. Salí corriendo.

Afuera nada era distinto, las mismas casas, los mismos coches, las mismas personas pero todo había cambiado, todo presentaba esa característica metálica, algunos de colores, otros carcomidos por la humedad. Estaba soñando, lo sabía.

Mi madre salió a la calle para verme con preocupación. Llevaba en la mano un vaso de un líquido parecido al mercurio, supuse que era leche y un pedazo de pan que parecía un pedazo de chatarra. Me los entregó argumentando que me faltaba comer y que debía descansar. La comida no tenía nada de apetitosa y aun así la mordí. Tenía el sabor que recordaba pero con un ligero toque de acero como si hubiera chupado una moneda. Me vinieron arcadas.

¿Qué me estaba pasando? ¿Qué estaba sucediendo? Tenía miedo, mucho miedo y lo peor de todo era que no sabía dónde podía hallar alguna respuesta.

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